Creyendo tener el Reino


“De oídas te había oído mas ahora mis ojos te ven (Job 42:5)

Pasé muchos años de mi vida buscando mi propio reino, buscando mi propia justicia, pero en este caminar yo estaba en primer lugar, luego atrás, bastante distante, Dios. Nadie podía dudar de que era un “religioso”. No llegué a la iglesia católica de forma accidental, fui bautizado en ella a los pocos días de nacer, parte de mi familia profesaba este credo y desearon lo mejor para mí. Por distintos motivos, durante mi niñez, de pronto, en la casa fueron retiradas todas las imágenes de los santos, y apenas se mencionaba el nombre de Dios, y el de la iglesia era “pecado” nombrarlo.

Pasaron los años y empecé a compartir mis inquietudes con otros amigos de aula. Pero este era un tema considerado como anticuado y de ignorantes, hasta que un día alguien se me franqueó, entonces pasábamos horas charlando. Este alumno era diferente a los demás, y yo también quería serlo.

Con dieciséis años estudiaba en una escuela de deportes, a unos 50 km. de mi pueblo, y sentí curiosidad por visitar la iglesia. Allí ni mis padres ni mi familia se enteraría. Un domingo en la noche entré en la iglesia más cercana, me senté en último banco, era el momento de los cantos, y como no sabía nada, lo dediqué a mirar a las personas, leer los carteles y a cuestionarme algunas dudas. Para mí fue una sorpresa no encontrar un altar, ni las estaciones del viacrucis, ni ningún otro parecido con la iglesia que me imaginaba. Pero pensé que de la misma forma que en casa se habían escondido todas esas imágenes, aquí sucedería lo mismo. Pero no, aquí era diferente, porque esta era una iglesia Bautista. Esto lo supe después. En este ambiente hice nuevas amistades, me regalaron una Biblia, todo transcurría normal, hasta que un día el coro bautista fue invitado a la catedral de Pinar del Río, y yo asistí al concierto. Cuando entré, supe que aquella iglesia era la que visitaban mis antepasados y hasta hace pocos años mi familia. Este lugar es acogedor y maravilloso, pensaba yo, y de ahora en adelante, de cuando en cuando, le haré una visita. Esa misma noche mi corazón estaba dividido.
sacerdote

Aquí dio inicio una nueva etapa en mi vida, deseaba saber dónde estaba la verdad y, ¿quién tenía la razón? Leí libros de historia, sostenía largas e infructíferas charlas y debates sobre la verdad, esta tontería duró casi tres años. Me convertí en un ser duro, llegué a justificar todos mis vicios. En el año 1986 leí a San Francisco de Asís y todo el movimiento que él fundo. Vi en él al hombre ideal para mi vida, su estilo de pobreza me identificaba con él (aunque no soy hijo de personas necesitadas). Llegaron tiempos muy tensos en mí. Cuando trabajaba en mi localidad como entrenador de ajedrez, un sacerdote pasaba horas aconsejándome. Mi inquietud por el franciscanismo aumentaba, me encomendaba a él en cada paso, los éxitos en el campo profesional se los agradecía a él. Trabajé activamente en la catequesis y todo esto me hacía suponer que el propósito de Dios en mi vida era la opción por la vida religiosa consagrada. Cuando visité el convento franciscano, por primera vez, no deseaba salir de ese lugar, creía que allí estaba todo lo que necesitaba, incluida mi añorada felicidad. La segunda visita fue más seria, ocho días para ver de cerca todo el vivir allí. Me faltaba un año para “dejar” el mundo y ser feliz. Estábamos en el mes de agosto de 1992, y el domingo cuando salí, en una travesía poco común encontré a una señorita católica y para mi alegría esta joven también buscaba servir al Señor en una congregación femenina de monjas. Cuando nos despedimos, prometimos escribirnos.

Annia no era una joven común, en mi primera carta le deseaba de sincero corazón que Dios le ayudara en el camino que estaba buscando y que no desmayara en ser una fiel colaboradora de Jesús. A los pocos días yo también recibí carta con el mismo deseo de ella para mí. Todo esto se lo comentaba a mi preparador franciscano y a mis amigos íntimos.

Pero Dios nos tenía una pequeña sorpresa. De nuestros corazones fluyeron otros sentimientos. Inesperadamente nos confrontábamos con otra realidad y propósito en nuestras vidas. Lentamente, sin saber cómo ni cuándo, nos enamoramos. Sentí una gran pena y vergüenza con mi guía franciscano. Su consejo fue: “puedes seguir a San Francisco

desde la Orden Seglar, esto me consolaba algo. En octubre de 1993 nos casamos, todo fue muy modesto, esto causó disgusto a no pocos. Seríamos una pareja de laicos para la iglesia, estábamos a su servicio.

Poco tiempo después de casados, mi esposa presentó algunos problemas que no fueron bien aconsejados por nuestro nuevo párroco, entonces yo la animé a ir a una iglesia evangélica. Hasta estos momentos yo tenía una buena opinión de ellos, y toleraba las diferencias, fuimos recibidos y bien atendidos. Annia comenzó a sentirse más aliviada y experimentaba otro gozo. Yo me mantenía al margen, aun cuando frecuentaba el templo evangélico.

Nuestra vida espiritual la considerábamos muy buena; orábamos juntos en distintas horas del día, incluidas las comidas, en las noches leímos la Biblia. Sin embargo a mi compañera le atraía aquella conducta de nuestras amistades evangélicas, y sentía algo diferente a lo que ocurre en cada misa. Un día, cuando dedicábamos tiempo a la oración, me dice que el Espíritu Santo la había tocado, que era algo fuera de lo común y que sentía su poder. Esto no me decía nada. Con el tiempo hace un rechazo al catolicismo, y su oración está dirigida a mi persona, para que Dios me revelara cual era el camino.

Al nacer nuestro hijo, discutimos si se bautizaría o no. Gané yo y fue bautizado. Esta situación me llevó a ser muy rebelde contra los evangélicos. Me sentía cojo en la iglesia, pues mi otra parte estaba en otro lugar y también sufría. Cuando me enteré que había personas orando por mí, llegué a sentir un odio como nunca hacia ellos, los consideraba herejes, traidores, ni a sus saludos me atrevía a responderles. De haber vivido en la Edad Media, les ataba en la madera y les prendía fuego. Me pasaba tiempo meditando de que forma se podía acabar con aquello. Opté entonces por buscar mis caminos, me quedaba la Orden Seglar Franciscana, ingresé y estudié. En medio de todo el desastre de mi matrimonio, le pedía a Dios perdón por haber tomado el camino equivocado. Más de un sacerdote que consulté en todo ese tiempo me aseguraba que Dios me podía traer nuevamente a su llamado original, a pesar de estar casado, a pesar de tener un hijo, el matrimonio podía, dadas las “agravantes”, ser disuelto. Pero algo seguía siendo muy duro para mí, y era mi hijo.

Mi matrimonio se rompió, regresé a Pinar del Río, y el año pasado terminé mis estudios en la Orden Franciscana. Tenía ilusiones el día de la ordenación, deseaba tener un momento feliz, quería que aquello cambiara mi vida y llenara mi ser. Pero no fue así, sino una ceremonia aburrida, unos juramentos de letra y no de corazón, y un título que apenas enseñé, no llenaron mis apetitos.

Pero aquí quedaba lista otra escena, otro episodio en mi vida. Yo había perdido bastante en esta carrera, y no aparecía en el horizonte la sombra de la felicidad. Me creía maduro y apto para emprender el regreso a mi antigua idea de consagrar mi vida en obediencia, pobreza y castidad al servicio de la Iglesia Romana. Un mes después de la ceremonia por los estudios terminados me dirigí a la Habana, para una reunión de la Fraternidad Franciscana, una vez allí no me sentí bien, y Dios trajo a mi mente un amigo que me había abordado el tema del Espíritu Santo, él era un evangélico, y en medio de mi malestar pensé en él. Fui a su casa y le pedí que me prestara literatura cristiana sobre el Espíritu Santo. Esa tarde fui a la iglesia que asistía, la misma que yo había rechazado. Seguía siendo católico y esto me hacía sentir superior a ellos. Me daba gusto contarles sobre el Papa y el éxito de su visita a Cuba.

Pude leer lo que quise, pero no estaba en los libros. Un día el pastor me dijo: “busca en la Biblia”. Y me di a la tarea de leer cuidadosamente la Biblia. Noté otra cosa y comencé a cuestionar la verdad en la que había creído y había derrochado parte de los mejores años de mi vida; fue algo gradual, pero aplastante, cada día era una cosa nueva, noté un ligero cambio que venía desde adentro hacia afuera. Anteriormente, yo quería forzar los cambios pero sin resultado alguno. Sin darme cuenta me fui quedando, y creo que todos los que se acercan a Jesús, y no a una iglesia, se van quedando, Jesús entró en mi vida, ¡ y también Su Espíritu Santo!. Él limó todas las áreas afectadas en mí, empezó por el perdón, mi yo, y hasta mi orgullo; me dio un nuevo corazón; en el desierto de mi vida abrió un camino nuevo; la soledad en que vivía la colmó de abundante compañía.

En todo este tiempo he sido probado. Un amigo católico me acusó de traidor, al cual le respondí: “El que traiciona odia, yo los amo”. Sí, tengo un especial amor por todo el pueblo católico, por todos aquellos que aun, mejor que yo, buscan y sirven a una iglesia pensando agradar a Dios. En ese mundo hay muchas personas equivocadas, hay que seguir diciéndoles que no hay otro camino para llegar al Padre que no sea Jesús, Él y solo Él es la Verdad. Dios ha puesto en mi corazón escribir, deseo que Su Espíritu me guíe, ya que en otro tiempo llevé a algunos al camino ancho, incluso pretendí meter en él a mi propio hijo.

Mi vida se la entregué a Dios, soy barro en sus manos. Si de algo no estoy contento es de no haberle conocido antes. A los 32 años nací nuevamente; soy nueva criatura y las cosas pasadas ya no cuentan. Él herido fue por mis rebeliones, molido por mis pecados, el castigo de mi paz fue sobre Él (por tanto tengo paz) y por sus llagas fui curado.

Noel Rodríguez .
En la calle recta num. 160 XXXI
Usado con permiso.

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