Verdadera libertad


 

por Iván David Amadé

Iván David Amadé. Nacido en Chacabuco, Argentina, testigo de Jesucristo.

Fui creciendo y algo ya no era igual. Una angustia desconocida hasta entonces apareció en escena. Era el conocimiento de la maldad que, a medida que tomaba conciencia, veía también como empezaba a destruirme.

A los doce años con un amigo salíamos a robar en los almacenes, al principio eran solo golosinas y cosas pequeñas; después fue abrir con un cuchillo la cerradura de un auto para robar la carga que llevaba y todo explotó cuando entramos a un almacén de mi barrio llevando mercaderías, dinero y fichas de flippers. Esa vez nos agarraron. Ahí me di cuenta donde estaba parado, en la entrada de un camino que si lo seguía transitando, me conducía donde yo no quería ir. Arrepentido profundamente me propuse ser diferente, elegir amigos y actividades que me alejaran de esas cosas.

Al comenzar la secundaria era mi vida lo que entonces me había propuesto, pero dentro de mí había una rebeldía gestándose que comenzó a mostrarse a los catorce, alejándome de mis buenas amistades y empezando a tomarle el gusto a la calle, esto siguió creciendo hasta que me hallé haciendo todo lo que un año atrás había jurado no hacer: fumar, beber y drogarme.

Los profesores del colegio notaron un cambio brusco y preocupante, uno de ellos escribió en su planilla de concepto «cambió mucho, no estudia». Mi familia me desconocía, mis amigos se alejaban de mí a causa de mi mala conducta, mi aspecto era malo, mis costumbres y modelos, peores aun: «sexo, drogas y rock and roll» era el lema y estilo de vivir y de morir que había elegido. Admiraba a líderes y figuras de rock que su mayoría murió por sobredosis de drogas o ahogados en alcohol y que promovían ese mensaje.

Adopté la droga como manera de vivir (fotos) a través del uso de fármacos que conseguíamos por unos pocos pesos. Producían alucinaciones y duraban bastante, por eso, eran muy populares entre los «pasteros». Ese año pasé mas tiempo bajo el efecto de esas pastillas, que sobrio.

No se cómo, pero durante esos años, no me faltaba una tableta de fármacos o un frasquito de otras gotas que se ingieren vía nasal (las cuales me dejaban por un par de horas más perdido que las mismas pastillas, a veces sin poder coordinar nada en mi cabeza), algo para fumar y/o beber. Casi no habían noches en las que no volviera a mi casa en un estado calamitoso.

Cuando no podía dormir por mi cabeza que divagaba tanto, salía a caminar antes que me encuentren hablando con cualquier objeto o sólo en mi «torre de marfil». Otras veces, me quedaba en mi cuarto escribiendo relatos o dibujando; pasaba toda la noche así hasta que podía salir de mi casa sin despertar sospechas o que me vean raro. Ya cuando aparecía públicamente, era porque el efecto había pasado o lo lograba controlar. Entrada la tarde o la noche, la historia volvía a comenzar.

Diecisiete años y como consecuencia de mi manera de vivir, fracasé en mis estudios que abandoné por dos años, los cuales viví como acabo de contar.

Mi familia impotente, nada podía hacer sino ver mi ruina que iba «in crescendo» en medio de una relación quebrada y arruinada por mi conducta, ya no sabían lo que podría pasar, es más, no se si algo les sorprendería de mí.

El descuido físico, el cruel y despiadado trato a mi cuerpo, corazón y mente por el indiscriminado bombardeo de drogas, tabaco en cantidad, el alcohol; todos mis «amados excesos», patrones de vida y alimentación, la angustia de una existencia a la que no le hallaba sentido, la amargura, los nervios destrozados corroyéndome por dentro, la explosión de los conflictos familiares que había causado y el haber perdido otro año de estudios me llevaron al borde del abismo.

El empujón que faltaba lo dio el meterme abruptamente al consumo de cocaína. Tenía todos los días, duró el tiempo suficiente para enfermarme, todo mi dinero se iba tan rápido como se toma una línea.

Mi cuerpo y mente pedían a gritos parar. Por las noches sufría unos ataques (luego supe que se le llama agorafobia) que me era necesario salir de donde estaba y caminar, respirar hondo porque parecía que mi corazón iba a estallar, mi mente se desbordaba hacia la locura y la desesperación. Imposible sería describirte las terribles y espantosas cosas que pasaban por mi cabeza en esos eternos minutos, cada pasillo era inmensamente largo, cada calle, como un río enfurecido que no permitía el paso con vida a nadie, mis pies que se hundían en el suelo o se iban por cualquier parte y mi respiración cada vez más agitada como así también la aceleración del pulso y los latidos del corazón. Buscaba en esos momentos estar cerca de gente o de una clínica para que me auxiliaran en caso de desvanecerme.

Así era, tarde tras tarde, noche tras noche. Me despertaba sobresaltado, ahogado y tenía que salir desesperadamente afuera para respirar.

Pedí tregua a Cristo una noche cuando me encontré en el punto donde todo lo acumulado en esos años parecía que iba a explotar.

Las pulsaciones, los latidos, el sudor frío por todo mi cuerpo y una sensación de que había pasado el límite de mi resistencia me despertaron a la realidad de lo que había hecho con mi vida. Entendí que podía pasar cualquier cosa, para ser mas claro, creí que moriría o que me volvería loco.

La noche siguió su transcurso y por un momento creí que todo había pasado, hasta que a bordo de un taxi me volvió a tomar ese ataque pero esta vez fue más fuerte que nunca y le pedí al chofer que me bajara, le pagué, no coordinaba los movimientos, el muchacho que me acompañaba para una «transa» se asustó y también creyó que iba a morirme. Fuimos a una casa donde nos habíamos dado cita, tuve miedo de tomar una línea más y la rechacé. Allí encuentro un material que cierto predicador nos había entregado en la calle, leo en su reverso: «El Señor me llama, debo ir», violentamente lo dejé sobre la mesa porque no quería seguir leyendo, no quería enfrentar a Dios en esa condición. Sentía la muerte impregnada en mí. Sentí por primera vez con total certeza que Dios es real y que ni un solo detalle de mi vida se le había escapado, nunca estuve tan consciente de lo que hice de mi vida como en ese momento.

Vendí todo y me fui de ese lugar, tranquilo, sin nada encima. Un cocainómano desesperado me llama a gritos desde su auto para poder conseguir algo. Sentí una profunda tristeza por lo que estaba causando a mi vida y a la sociedad, formando parte de un sistema diabólico de autodestrucción y autoengaño.

Desde que oí el Evangelio y entendí que era algo real y no religión , mi vida se transformó en una huida de algo que no quería enfrentar y un continuo intento de anestesiar mi conciencia. Pero esa noche me alcanzó.

La verdad de Dios que había intentado negar estaba ahora tan real ante mí como este texto que lees. Allí me enfrenté con la mayor responsabilidad de toda vida humana para con Su Creador: había entendido el mensaje del Evangelio y tenía que aceptar al Salvador si quería ser salvo y libre. Lo recibí. Le dije: « si debo elegir, elijo por Cristo», le pedí que me librara de esa ola de terror y de la ruina de mi vida.

No tenia idea de la tremenda decisión que había tomado y de lo que me sucedería de ahí en más.

Días más tarde tuve un sueño: en un clima de guerra se oía una voz que tronaba diciendo: « y se levantaran reino contra reino y nación contra nación », recordé que eso es parte de la profecía bíblica acerca del tiempo del retorno de Jesucristo y el fin (S. Mateo 24 : 7), esto me despertó a la realidad de que ya estamos en ese tiempo por lo cual fui a visitar a alguien que me habló con mucha insistencia la Palabra de Dios. Le cuento lo sucedido y leímos en La Biblia el texto completo.

Algo indescriptible me sucedía al oír la Palabra de Dios, un vacío en mi interior se iba llenando al oír cada versículo, sentía como mi alma se alimentaba y refrigeraba al encontrar allí el mensaje de salvación. Cada vez que me sentía mal, iba a visitar a esa persona y le pedía que hablara de Cristo. Me iba lleno de una paz inexplicable.

Esa tarde fui a una carnicería y al dar vuelta los papeles de diario que se usan para envolver, hallo un artículo sobre una secta que intentaba infundir el pánico y recordé otra parte de la profecía de Jesucristo: «y vendrán muchos en mi nombre… y a muchos engañaran» (S. Mateo 24:5). Esto me llamó poderosamente la atención y comprendí lo que significaba el gran movimiento de sectas y tantas religiones diferentes. Aun no terminaba, porque a la noche en un bar encuentro el mismo diario mientras contaba lo sucedido en el día.

Aunque no asistía a ninguna Iglesia y prácticamente no había contado a nadie acerca de mi fe, Cristo ya había tomado mi vida. Al poco tiempo dejé la cocaína porque, sin yo saberlo, su poder adictivo se había cortado. No volví a probarla jamás.

Una tarde me volví atrás en algo: saco de la basura el resto de un porro que había tirado y lo fumo antes de hacer un viaje que había planificado; era poco, una “tuca”, pero cuando entro a la casa, me veo obligado a escapar de allí. Otra vez el pánico, las palpitaciones y ese ahogo que me obligaba a caminar sin detenerme. Esto me impidió viajar, porque al acercarme al lugar de partida aumentaba, pero curiosamente, al alejarme disminuía. El ahogo y las pulsaciones subieron como nunca y en menos tiempo, ya nada parecía calmarlo. Veo de repente , una persona predicando y oigo una voz que tronaba: «lo que ellos te dijeron es verdad». Esta vez creí que moriría de verdad, entendí más aun la seriedad del asunto y lo que Dios me demandaba: entregarme de lleno a vivir la vida de Cristo en obediencia a Su Palabra.

Ese domingo fui a la Iglesia. Las palabras del predicador parecían preparadas exclusivamente para mí, instándome a que no sea una noche más. Me retiré al finalizar la reunión, pero a las tres cuadras, regresé, porque sabía que esa era mi gran oportunidad y no quería, ni podía dejarla pasar. Le comuniqué al pastor sobre mi decisión por Cristo, oramos juntos y me uní a esa congregación.

Esa noche, fue inolvidable, dejé las drogas totalmente y algo maravilloso comenzó a producirse en mi interior con una fuerza sobrenatural mayor de lo que había experimentado hasta ese momento, día a día podía ver como cosas que no podía vencer, ahora ya no estaban mas y pude perdonar a personas que habían marcado terriblemente mi vida.

Al poco tiempo dejo de tomar alcohol, y me quedaba sólo un vicio por abandonar hasta que una tarde, salgo de mi casa y enciendo el tan deseado cigarrillo de después de almorzar. Sentí algo muy fuerte que me decía: «este es tu momento». Creyendo solamente que Dios se encargaría del resto, tiro el cigarrillo, luego el atado y renuncio en el nombre de Jesús a ese vicio. Fue luego como si nunca en mi vida hubiese fumado.

Pero eso no era todo, porque a los pocos días me animé a salir de mi casa o ir al colegio sin tomar un tranquilizante que me habían recetado para mis ataques de cada noche, parecía que jamás podría estar en paz sin la ayuda de una pastilla, pero Cristo dijo: «La paz os dejo, mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da» (S. Juan 14:27). Ya no las necesité.

Ese mismo año terminé la secundaria, comencé a trabajar honestamente con un miembro de la congregación y atendía como correspondía lo que antes no cubría por malgastar mi dinero en vicios, que ahora me rendía como nunca.

Dios me fue enseñando como sus promesas y bendiciones se cumplían en mi vida, hallé respuestas a dilemas de la humanidad, encontré cosas que se descubrieron o sucedieron en este siglo pero que ya estaban dichas cientos de años antes. Entendí el porqué de la situación actual y lo que debe hacer cada uno al respecto. Encontré vivo y activo al Dios de la Biblia y entendí que su mensaje a la humanidad es real y urgente, por esa razón te lo anuncio y lo certifico hoy contándote como Cristo dio un sentido y un propósito a mi vida. Por esa misma razón quiero que sepas que la salida para tu vida, se llama Jesús. Búscalo. Recibe esta nueva vida hoy mismo. Llámalo donde estés, con tus palabras. Está ahí para socorrerte, como a mí…

Iván

 

ivandavid@ciudad.com.ar

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