Guillermo Knibb


La Sociedad Misionera Bautista empezó su trabajo en la isla de Jamaica en 1813, enviando a un misionero llamado Juan Rowe, que desgraciadamente murió a los pocos años. Otros tres misioneros también murieron en ese tiempo debido al clima y, sin embargo, la obra iba hacia adelante. Diez años después de la muerte de Rowe había ocho iglesias con cinco mil miembros.

El héroe del trabajo en Jamaica se llamaba Guillermo Knibb.
Tomás, un hermano suyo, fue uno de los misioneros que murieron en el campo de labor. Tomás había sobrevivido solamente cuatro meses y Guillermo resolvió ir a ocupar su lugar. Su madre le dijo al despedirlo: “Preferiría saber que te has ahogado, antes de enterarme que has abandonado la causa que vas a servir”.

En 1824 salió para Jamaica. No tenía más que 21 años.
Ya en el viaje pudo darse cuenta de los horrores de la esclavitud, porque su barco era uno de los llamados “negreros”, encargado de llevar esclavos a América. Desde aquel momento decidió luchar contra ese terrible mal, “el monstruo”, como él decía.

Era un gran predicador y tenía mucho éxito, especialmente entre los negros que veían en el cristianismo el único consuelo posible a sus dolores. Pero eso también tenía malas consecuencias, porque los dueños de los esclavos se sentían molestos y conseguían que el gobierno fastidiara bastante a Knibb y a los demás misioneros.

Mientras tanto, en Inglaterra, había muchos que se estaban dando cuenta que la esclavitud tenía que desaparecer y hacían mucha propaganda. El gobierno empezó a estudiar el asunto, pero se limitó a sancionar una ley prohibiendo algunos abusos. Por supuesto que en los países que estaban lejos, como Jamaica, los abusos siguieron.

Pero allí pasaron cosas peores. Los negros habían oído un rumor que la libertad iba a ser decretada el día de Navidad de 1831 y, como la ley no llegó, resolvieron rebelarse y matar a sus amos. Al día siguiente, parecieron incendios por todas partes; los esclavos robaban armas y salían a asesinar y destruir. Los blancos no se portaron mejor y, echando la culpa a los misioneros, se pusieron a incendiar templos y a apresar a los misioneros. A Knibb lo trataron muy brutalmente y estuvieron a punto de matarlo. Pero al fin, los negros fueron vencidos y las autoridades pusieron en libertad a los misioneros.

Knibb resolvió entonces ir a Inglaterra, acompañado por el misionero Tomás Burchell, para hablar a favor de sus amigos esclavos. Hablaron por todas partes, contando cosas horripilantes, que consiguieron conmover al país. Algunos miembros del gobierno se interesaron seriamente y resolvieron acabar con la esclavitud.
El 1º de Agosto de 1834 se publicó una ley, dando la libertad a todos los esclavos.

Pero en Jamaica, las autoridades, aunque aceptaron la ley, la cambiaron por otra que creaba un sistema de trabajo casi igual al de la esclavitud. Si los negros no se rebelaron de nuevo fue porque esta vez los misioneros tenían mucha mayor influencia. En 1837, ya había dieciséis mil miembros repartidos en muchas Iglesias.

Knibb siguió luchando, aún a riesgo de su vida y consiguió finalmente que fuera abolido el nuevo sistema. La ley decía que, desde el 1º de Agosto de 1838, todos los negros serían completamente libres.

El 31 de Julio era el último día de la esclavitud. Catorce mil negros adultos y cinco mil niños se reunieron bajo la dirección de Knibb para esperar el gran momento. Mientras cantaban y oraban, muchos ellos lloraban de alegría.

Knibb, delante de la multitud, los dirigía a la luz de los faroles. A sus pies había un ataúd donde habían colocado un látigo, una cadena y un collar de hierro, o sea tres instrumentos que usaban sus crueles amos para maltratarlos.

En medio de un silencio impresionante, oyeron como el reloj próximo daba la primer campanada de la medianoche. Knibb de pié gritó: “¡La hora se acerca! ¡El monstruo está muriendo!”. El monstruo, es claro, era la esclavitud.
A medida que sonaba la hora, repetía las mismas palabras y, cuando se oyó el último golpe, exclamó: “¡El monstruo ha muerto! ¡Enterrémoslo y que desaparezca para siempre! ¡Los negros son libres!”.
Y entonces entonaron un himno de alabanza a Dios, mientras izaban la bandera inglesa para señalar que ellos también eran libres, y enterraban el ataúd, con el látigo, la cadena y el collar de hierro en una fosa que ya tenían preparada.

Así terminó la esclavitud en Jamaica, pacíficamente, gracias a la influencia de los misioneros.
En Haití, una isla muy cercana, los negros derramaron mucha sangre antes de conseguir su libertad. Habían rechazado a los misioneros y no conocían el Evangelio. No tenían quien luchase por su independencia.

Knibb murió relativamente joven, a los 42 años, en 1845, y su muerte fue llorada por toda la isla. En su entierro hubo más de ocho mil personas.

Fuente: Arnoldo Canclini, “Aventuras de Fe”.

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