Elizabeth I de Inglaterra


Un gran personaje de la historia inglesa y mundial y pieza clave para el afianzamiento del Protestantismo en Occidente. Una dama y una reina que supo gobernar con inteligencia y decisión durante una de las épocas más duras de la historia de Europa

 

Hija de Enrique VIII y de Ana Bolena, Elizabeth I de Inglaterra nació en Greenwich, Inglaterra el 7 de septiembre de 1533 época difícil y turbulenta para su padre Enrique, quien a toda costa deseaba a un hombre de heredero.

Declarada hija ilegítima cuando apenas contaba tres años de edad, Elizabeth fue aprendiendo de lo bueno y lo malo de sus propios padres. Conocía las intrigas, y rumores de la corte. Y sabía quién era quien en la nobleza inglesa.

Fue criada de acuerdo al protocolo propio para una princesa. Tenía muy en claro que era lo conveniente para su vida y para Inglaterra

En 1554 el parlamento decidió el restablecimiento de sus derechos a la sucesión.
En 1558, a la edad de 25 años, asumió el reinado, cargo que ocupó hasta el año 1603. Para la Iglesia Protestante, significó el reavivamiento de la causa.

Bajo el reinado de su hermana, María Estuardo, se hizo sospechosa de connivencia con los elementos anticatólicos del reino y, tras la desarticulación de la conjura de Thomas Wyatt, fue encerrada en la Torre de Londres, en 1544.

Cuando fue entronizada en 1558, tras la muerte de su hermana, Elizabeth se convirtió en el prototipo del monarca del siglo quince. Una reina que gobernaba personalmente y autoritariamente, pero siempre rodeada de un magnífico y excelente equipo de consejeros y colaboradores.

Una reina con historia.

Inglaterra pasaba por momentos difíciles. Es entonces cuando de pronto aparece en escena una princesa que repentinamente cambiaría el curso de la historia.

Ella, Elizabeth, como movida por un destino preestablecido, abraza resueltamente el camino de la Reforma Protestante. Luchó incansablemente por esta causa y logró que su deseo y pensamiento se imponga. El camino no sería fácil; pero ella, inteligentemente, lo lograría.

Fue una reina que concentró sus esfuerzos y energía en hacer de su reino, un núcleo de poder respetado, digno y altamente estimado.

Hubo personas y grupos que se le opusieron con dureza, pero Elizabeth hizo frente a esta coalición opositora y mantuvo con ella una lucha a vida o muerte. Se esgrimieron en su contra todas las armas, las de la guerra y de la traición; pero ella, a cada uno de los ataques, supo oponer el medio de defensa adecuado.

Estableció alianzas con países vecinos. Justo es decir que, a no ser por ella, la Reforma Protestante no hubiera llegado a prosperar en Escocia. También es probable que esta reforma hubiera sido aplastada antes de tiempo en Francia y es seguro que tampoco hubiera podido plasmarse y tener su arraigo en los Países Bajos.

La reina Elizabeth, pudiera decirse, fue campeona del protestantismo en el occidente de Europa. Ella misma expresaba su asombro ante el hecho de haber llegado tan lejos. “Jamás creí poder llegar a tanto” -diría alguna vez la reina Elizabeth.

La gobernante

Elizabeth era una de esas monarcas que tienen de antemano una conciencia clara de los deberes del gobierno. Sabía gobernar, sabía hacer valer derechos, sabía imponer obligaciones y buscaba hacer cumplir las leyes. Era una persona que gustaba de la justicia y buscaba a toda costa impartirla en la mejor medida. Todo lo que ella hacía iba encaminado en beneficio de su gobierno. Ella misma decía que eran cuatro las virtudes que un gobernante debe tener: justicia, moderación, generosidad y buen juicio.

Creía poder jactarse de poseer las dos primeras (justicia y moderación), ya que jamás se había fiado de los informes de otros, sino que había procurado llegar por sí misma al conocimiento real y completo de las cosas. Le gustaba ir al meollo del asunto y saber por sí misma acerca de lo que pasaba. No quería vanagloriarse de las dos últimas cualidades (generosidad y buen juicio), pues pensaba que eran virtudes propias del varón; sin embargo, son estas dos cualidades, precisamente, las que en alto grado le atribuye la historia.

Su grandeza de corazón, por otra parte, se deja ver en muchos otros aspectos que hacían notar incluso sus enemigos.

Era una gran mujer. En los casos de peligro se le veía actuar con seguridad, infundiendo ánimo en los suyos y dándoles la suficiente fuerza para seguir adelante. Nunca, incluso en los momentos más difíciles, se le veía sombra de preocupación alguna. En cambio, siempre buscaba ella infundir con su actitud ánimos en la nobleza y confianza en su propio pueblo.

Quizá por la dureza del tiempo que le tocó vivir, reinó con mano fuerte. Sus detractores calificaban su gobierno como cruel y despiadado.

La medidas que tomaba, aunque fuesen estas impopulares y dudosas, se tenían que cumplir indefectiblemente. Esto le valió que algunos la llamasen tirana

Gustaba de la paz, pero no esquivaría la guerra de considerar que fuera necesaria. Cuando se inclinaba por la paz, cuidaba de advertir que no lo hacía por temor al enemigo, sino porque le repugnaba todo derramamiento de sangre. Profunda creyente, sostenía que se debían cumplir todas las leyes, tanto las humanas como las divinas.

Mantenía una Fe infalible en la providencia y en el futuro de su nación; Enfrentada al Papa hasta el extremo de la guerra, fue excomulgada por este. Lejos de intimidarla, la excomunión fue vivida con orgullo por Elizabeth y fue una de las cosas que la hicieron más fuerte y a la vez más poderosa.

No le gustaba que le hablaran de su padre o de su madre, ni quería oír hablar de su sucesor. Lo que le llenaba su horizonte visual era el “aquí” y el “ahora”, el poder actual, su gobierno, su imperio, su nación.

“God save the Queen”

God save the queen (“Dios salve a la reina”). Así era recibida cuando entraba en las reuniones o fiestas. La gente se inclinaba sobre sus rodillas y proclamaba al unísono la frase.

Elizabeth conoció como pocos reyes las muestras intactas de veneración y acatamiento tributadas al poder de la majestad sobre la tierra. Los criados depositaban sobre la mesa, doblando la rodilla, los manjares destinados a la reina, aunque ella no estuviera presente. Y nadie le era presentado que no clavase la rodilla en tierra.

La Iglesia Protestante

Se sabe que tras ser proclamada reina volvió a restaurar el culto protestante, implantando de nuevo las medidas anglicanas de 1552.

El parlamento de 1559 restauró la Reforma en su forma Anglicana decretando la nulidad de la autoridad papal, y el Acto de Uniformidad, que hizo de la Biblia la única forma legal de la adoración. Estos estatutos representaron la voluntad de la Corona y de la Cámara de los Comunes.

En la ocasión dijo Elizabeth: “Hasta este momento hemos estado pensando solamente en el aspecto Anglicano de la Reforma; es decir, hemos estado mirando este cambio religioso profundo, a través de los ojos de la iglesia oficial. De hecho, hasta este Acto de Uniformidad de 1559, hubo otra pequeñas expresiones de convicción religiosa en este país. Dejadme decir dos palabras importantes que os darán claridad. Por “uniformidad” pensamos “convenir con” o “conforme a” las doctrinas y las prácticas de la iglesia establecida por la ley que es, la iglesia de Inglaterra”.

Más tarde, por el tratado de Edimburgo (1560) apoyó la revuelta presbiteriana escocesa contra la reina María Estuardo, que en 1568 tuvo que refugiarse en Inglaterra.

Gobierno

Fomentó la actividad marítima y mercantil. Del mismo modo su gobierno se preocupó por la agricultura, conservando un campesinado libre y permitiendo un desarrollo de lo que se llamó “cercado de tierras” (Enclosures) . Por medio de la Poor Laws (“Leyes de los pobres” 1563-1601) se pretendió mitigar la miseria de las clases populares.

Las directrices de la política exterior fueron la alianza con los poderes protestantes y el mantenimiento de una latente rivalidad con Felipe II. Desde 1568 brindó su protección a la revuelta de las provincias holandesas, lo mismo que a grupos que se oponían a un marcado catolicismo francés.

En el ámbito colonial y de expansión de su comercio, Elizabeth se convirtió paulatinamente en una gran aliada del mercenismo colonial. La rivalidad anglo-hispánica estaba dada. Se dice que fue la propia Elizabeth quien autorizó de manera oficial las acciones de famosos piratas y corsarios como Francis Drake, Hawkins y otros.

La corte inglesa se convirtió en un centro de reunión para músicos, escritores y estudiantes. Durante este periodo la literatura inglesa alcanzó su apogeo, con Francis Bacon componiendo sus “Essays” y William Shakespeare escribiendo sus grandes trabajos de drama y poesía.

 

Los problemas

Uno de los máximos problemas que enfrentaría Elizabeth sería el trágico desenlace de la reina María Estuardo, ejecutada en 1587. Al parecer Elizabeth quiso parar la ejecución, pero era ya demasiado tarde. El remordimiento siempre le quedaría.

Uno de sus grandes problemas era España. Este gran problema se transformó en una gran victoria y ha pasado a ser un hito en la historia: En 1588, la flota inglesa habría de contener la invasión española, la escuadra de Felipe II, la llamada Armada Invencible.

Aunque tras este combate el país quedó a salvo de todo posterior intento de conquista, más tarde, los últimos año de la reina se vieron agitados por las revueltas holandesas de 1596 a 1598, así como por graves inquietudes políticas.

Ella moriría en Richmond, al oeste de Londres, el 23 de marzo de 1603 sin haber conocido el matrimonio.

La historia de esta mujer quedaría grabada para siempre. Su Reino pasó a llamarse la Edad dorada de Inglaterra .

Elizabeth I, “la Reina Virgen”, sin dudas un personaje trascendente en la historia de Inglaterra y de toda la Iglesia Protestante.

– Daniel E. Dañeiluk. www.biografas.blogspot.com

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